Capítulo II



DESARROLLO POR EDADES DE LA EDUCACION EMOCIONAL


La madre

Lo más natural en una futura madre es que desarrolle fantasías de cómo va a ser su bebé. Imagina su aspecto y también ciertas características de personalidad y el carácter que tendrá. Le preocupa además que su hijo nazca sano físicamente. Y entre este cúmulo de ideas que se representa, forjará la imagen de un bebé "ideal" que no siempre coincide con el bebé "real" que pronto nacerá. Entre los pensamientos que más relevancia surge en la madre embarazada, prima aquel que se refiere a los sentimientos que experimentará ella misma cuando lo cuide y atienda. Esta preocupación casi siempre viene determinada por la relación que ella misma tuvo en su niñez con sus padres, aunque muchas veces la futura madre no es consciente de ello. Es por eso que durante el embarazo la madre realiza un repliegue hacia sí misma, en el que puede contactarse aún de manera inconsciente con sus aspectos más primitivos, con sus propias necesidades y deseos de su tránsito inicial de la vida de modo que, al nacer su hijo, logra identificarse con las necesidades y deseos que éste experimenta.

Si la relación que la madre embarazada mantuvo con sus propios padres (más concretamente con la madre) fue buena, es posible que el trato con su hijo sea el adecuado, ya que partirá del modelo de relación que mantuvo con su madre, y los sentimientos que sienta serán satisfactorios tanto para ella como para el bebé. Por el contrario, si la relación con sus padres se desarrolló en un ambiente de tensión, celos, envidias y poca satisfacción afectiva, se le creará la duda de sí será capaz, o está capacitada, para ser buena madre.

A partir del nacimiento del bebé la madre experimenta bruscos altibajos en su estado de ánimo que, sin duda, tienen una relación directa con los trastornos orgánicos del embarazo y el parto. Los cambios hormonales que se suscitan en ella inciden en estas alteraciones cíclicas de su humor, pero además éstas están relacionadas en gran medida con la necesidad de reorganizar su propia existencia, ya que sabe de la importancia y responsabilidad que tiene el hecho de cuidar de una nueva vida. Tanto es así, que en más de un caso, la nueva madre va a experimentar la fantasía de volver a la situación anterior donde no tenía esta responsabilidad. Muchas mujeres pueden además desarrollar la famosa “depresión postparto”, generada por la incertidumbre y dudas anteriormente referidas y la inseguridad que le implica el ser o no una buena madre.

Madre Dominicana en estado de gestación muy avanzado



El lector puede pensar que exagero al hablar de las dificultades y problemas que puede sentir la “nueva madre”, que le doy demasiada importancia y no hablo de las satisfacciones que se experimentan cuando una mujer tiene su primer hijo, pero es que de las alegrías y el orgullo de la maternidad ya se ha escrito mucho, y de lo contrario, muy poco. No hemos de olvidar, además, que el tema del libro es precisamente la “Educación Emocional”, la cual tendrá posibilidades de establecerse satisfactoriamente si en principio ya existe una base de satisfacción por parte de los padres, pero se iniciará mal si comienza con sentimientos no muy claros, con dudas y miedos, ante la responsabilidad de la nueva experiencia. De lo antedicho se deduce que lo importante es hablar de las expectativas y sentimientos no apropiados que experimenta la madre más que de las satisfacciones.

Es importante además destacar, que aunque nos referimos a expectativas y sentimientos maternos, este concepto integra necesariamente a la figura del padre, que no sólo se considera proveedor material del sustento, sino que realiza una función de sustento emocional para la madre y el bebé.

Debo decir también que si la madre no tiene realmente problemas psicológicos graves sólo debe darse un poco de tiempo para ir conociendo a su bebé, esto le servirá de orientación en su nuevo papel de madre. Un tiempo prudente en el que logre reorganizarse y en el que vaya conociendo a esa persona que es su hijo, a la vez que pueda ir conociéndose a sí misma en el ejercicio de su nuevo rol. Obviamente ha de tener muy en cuenta que si en algún momento ha pensado en llegar a ser una madre perfecta, mejor olvidarse de esta fantasía y considerar la idea de que continúa siendo un ser humano inacabado y con múltiples falencias. No se puede pretender nunca estar enfadada, malhumorada o perder la paciencia con su bebé, puesto que sería inútil y no tiene ninguna base real.

Si la madre es capaz de reconocer que a veces está cansada y hasta un poco aburrida, será más honesta consigo misma y a la vez será capaz de reconocer que también su bebé puede llegar a experimentar estas sensaciones, estará en mejor posición para reconocer cuando el bebé está enojado o aburrido. Poder identificar sus sentimientos hostiles hacia su hijo y hacia sus seres más queridos, y considerarlos como naturales en cualquier persona en situación de estrés o de crisis debidas a los cambios, es también una tarea que derivará en pro de un vínculo más saludable entre ambos.

Por tanto, el reconocimiento de sus propios sentimientos, la llevarán a entender los de su hijo, siendo esta actitud mucho más sana. Claro está que lo más adecuado y propicio para una buena “Educación Emocional”, es que el estado de ánimo materno sea prioritariamente de tranquilidad y satisfacción, ya que un equilibrio relativamente óptimo favorecerá las relaciones que se establecen entre madre y bebé. Y en este estado de ánimo materno participa necesariamente la figura del padre, como sostén de esa “dualidad” (relación entre dos), como apoyo hacia la madre que suele angustiarse mucho en sus primeras labores maternas, y como partícipe natural del desarrollo familiar.


Primer año de vida

El bebé y sus necesidades emocionales Uno de los pensamientos más comunes en los padres cuando nace el bebé, es la idea equivocada de que el nuevo ser es insensible al medio ambiente, ya que al no razonar no se “entera” de nada, y que sólo se le debe satisfacer en la necesidad física de comer, limpiar y dar calor. La sensación de los padres es que deben atenderlo con sumo cuidado, pero a veces no acaban de entender que delante de ellos tienen un ser humano con todo el potencial de un adulto y, como tal, capta todo su entorno con suma facilidad aunque no razone. Su “sistema” de captación es el emocional, que a su vez es mucho más sensible que el racional.

Como es un ser sumamente dependiente y desamparado, no le bastará con que lo cuidemos a nivel físico (comida, limpieza, comodidad, etc.), necesita también mucho contacto físico con la persona que lo cuida, necesita captar, a nivel emocional y físico, el “calor” afectivo de la persona que le protege y da seguridad. Es la piel el órgano por excelencia que da cuenta al niño de la modalidad de vínculo que ha de establecerse con su madre, y es a nivel “de piel” en que experimenta sus emociones iniciales.

El bebé necesita ir formándose un “patrón” de contacto emocional con la madre. Esto es muy importante ya que dicho patrón será el primer punto de referencia cuando en su desarrollo, al llegar a los 5 o 6 meses, sea capaz de reconocer a su madre a nivel visual y, si pudiera pensar tal como lo hacemos los adultos, en su cabecita se formaría este pensamiento: “esta persona que veo, es mi patrón emocional, por tanto es mi madre”. Es sabido que no se produce un pensamiento con estas características pero, sin embargo, la asociación entre patrón emocional y madre se podría describir bajo esos términos.

De esta necesidad de confeccionar un patrón emocional se deduce que el bebé no puede ser cuidado continuamente por diferentes personas, ya que de ser así no llegará nunca a establecer un patrón emocional concreto, sufriendo por este motivo una confusión emocional, la cual no es deseable. Si bien lo óptimo es la presencia de una madre o sustituto que se ocupe de su cuidado y atención, se sugiere que en casos de que esto no sea posible, el niño esté bajo el cuidado y atención de unas pocas personas que sean siempre las mismas, a fin de lograr establecer un referente emocional lo más saludable posible.

Niña recién nacida en la incubadora.

Como podemos observar su expresión no denota ninguna emoción concreta, parece que su entorno no existe. Es como una mirada al “vació”. De alguna forma podemos ver reflejado en su rostro lo que queremos decir cuando nos referimos a que el recién nacido no “capta” el medio ambiente, el niño no se diferencia del mismo.



La necesidad de crear un patrón emocional estable obedece también al motivo de calmar la angustia que produce el nuevo mundo complicado y confuso para el recién nacido, y si son muchas las personas que lo cuidan aumentará la confusión, por el simple hecho que cada persona tendrá una forma diferente de responder ante las demandas del bebé. Incluso si las respuestas del adulto son adecuadas, pueden seguir causando confusión, porque no serán iguales ni en intensidad, rapidez, cantidad y calidad que las respuestas de la madre o su sustituto.

Una de las emociones más importantes a educar en esta etapa es la del “desamparo o abandono”. La madre es quien va a mitigar y calmar la angustia que esto supone para su bebé mediante el contacto físico, caricias y besos, y también con los tonos de su voz. Es sumamente importante que la madre le hable a su bebé, ya que aunque éste parezca no comprender el significado de las palabras, puede sentir afectivamente la intencionalidad de las mismas.

El niño percibirá continuamente sensaciones desagradables como dolores, ruidos, luz excesiva, hambre, sed etc., y la madre ha de calmar la angustia que estos estímulos le producen, dándole el alimento y tranquilizándolo cuando se asusta, en definitiva, protegiéndole con su afecto y trasmitiéndole la seguridad necesaria para hacer desaparecer la sensación de desamparado. Así es como mitigarán los miedos y la posibilidad de que se desarrolle un “sentimiento de abandono” debido a las nuevas experiencias que el bebé vive como peligrosas y desagradables. Estos sentimientos han sido definidos como "angustias innombrables", ya que por ser tan tempranos perduran en el psiquismo a manera de impronta, incidiendo en el desarrollo ulterior de la persona.

El amor que siente la madre por su hijo se expresa a través de los cuidados físicos y afectivos, y a su vez el recién nacido siente que el nuevo ambiente donde se encuentra no es siempre amenazante. El mundo entonces se le presenta como un sitio acogedor y comprensivo bajo la figura de una madre atenta.


El bebé y sus intensas emociones

En esta primera etapa de la vida, las expresiones emocionales son muy intensas y radicales, pero también breves y transitorias. Desarrollemos brevemente estos cuatro puntos:

La intensidad y radicalidad de la expresión emocional del niño en esta etapa obedece a que carece de gradación, es decir, no posee una escala de intensidad emocional que le indique que grado de expresión le pertenece al hecho o estímulo que provoca su respuesta emocional. Esto se debe a la falta de experiencias previas. Si llora, llora con fuerza; si expresa rabia, es todo rabia, su intensidad es máxima, es “radical” aunque la situación sea trivial para un adulto.

La brevedad en la duración de las expresiones emocionales del bebé está fundamentada en la rapidez en que se desahoga, ya que su manifestación es explosiva. Suelen durar pocos minutos y terminan bruscamente. Esto también es debido al hecho de que el niño no reprime sus emociones y por tanto no lleva un bagaje emocional acumulado, sólo responde a la causa presente y actual.

La Transitoriedad en las emociones del niño, como son el hecho de pasar de la risa al llanto, o de la rabia a la sonrisa en breves momentos, son incomprensibles para la mayor parte de los adultos. Estos cambios casi instantáneos de expresiones emocionales contradictorias se fundamentan en tres factores principales:

1.-El niño se expresa sin reservas y se desahoga con rapidez como señalamos anteriormente.

2.-No posee un grado de atención y concentración altos, lo que hace que se distraiga con facilidad.

3.-Su comprensión de la situación no existe debido a su falta de experiencia.


Estos tres factores favorecen la actuación de la madre cuando intercede como estímulo diferente agradable para calmarle.


Felicidad en su rostro

Período de relajo.

El placer de chuparse el dedo.

Ya en el claustro materno se han observado estas conductas placenteras.


Las explosiones emocionales y cambios rápidos de estado de ánimo del bebé, muchas veces lleva a los adultos a cometer el error de prejuzgarlo, originando sus juicios desde una concepción de adultos; conclusión que aunque errónea, no es tan grave como la tendencia a regañar y castigar al niño (hecho que desgraciadamente se da con frecuencia), cuando en realidad su reacción emocional está dentro de la normalidad.

Considerar al niño recién nacido desde parámetros adultos lleva a no tener en cuenta que el bebé es eso: es simplemente un bebé, y como tal no puede reaccionar de otra manera, ya que todavía carece de las experiencias anteriores que le hayan proporcionado un “aprendizaje” con referencia a la expresión de sus emociones. Además a esta edad (días, incluso meses), el niño no distingue si los estímulos desagradables proceden de dentro de su cuerpo o del exterior, ya que todavía no posee la capacidad de separar lo interno de lo externo. El, y el mundo externo, aún son una y la misma cosa.

Otro error que solemos cometer los adultos es comparar las reacciones emocionales de los bebés esperando que sean las mismas en todos ellos. Tanto la herencia genética como el medio ambiente son diferentes en todos los casos, así como la oportunidad de experimentar diferentes vivencias que determinarán la “Educación Emocional”; por tanto, cada niño responderá emocionalmente de forma más o menos intensa según las circunstancias medio ambientales y su bagaje genético.

Disseny Diez4

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